viernes, 6 de diciembre de 2013
Diciembre ya llegó, ¿y tú?
Calles oscuras y el frío atravesándome y partiéndome en dos, colándose por mis costillas. El vacío me reconcome por dentro. Ya nada duele, y que nada duela, duele. Siento que mi corazón se ha congelado, que yo me he congelado. Que nunca más podré sentir algo, que no sé si querré sentir algo. Siento un hueco en el pecho, allí donde debía sentir los latidos de un corazón. Pero ya no hay nada. Siento que me desvanezco. Que no soy nada. Que soy como el vaho que asciende en la noche oscura, disipándose y convirtiéndose en aire. Tengo una parte del invierno en de mi. Y te necesito. Aún puedo recordar tus manos cálidas rodeando mis manos frías. Tu aliento rozando mi mejilla. El lado izquierdo de la cama ocupado, tus chocolates calientes en pleno invierno, y cómo te entraban escalofríos cuándo rodeaba tu cuello con mis manos frías. Cuando dibujaba constelaciones y corazones en tu espalda. Recuerdo el frío en las mejillas, cómo miles de cuchillas, recuerdo que lo olvidaba cuando me concentraba en tu mano cálida aferrada a la mía. Como si yo fuese tuya y tu fueras mío. Recuerdo el aroma que desprendían tus abrigos. Recuerdo lo mucho que adoraba esa sonrisa tan preciosa y perfecta en tus labios. Aquella que me decía que todo iba a estar bien. Recuerdo tus manos deslizándose arriba y abajo por mi antebrazo. Tu voz en mi oído, tranquilizándome. Y como tus brazos disipaban todo el terror y el dolor cuándo me rodeaban. Lo recuerdo todo y ya no soy capaz de sentir nada. Tú me dabas vida, y nunca me sentiré tan viva como en aquel invierno. Lo peor de todo, incluso de este vacío en el pecho, es que Diciembre llegó. Y tú ya no estás.
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